Muchas personas viven con una sensación constante de agotamiento que no encaja con lo que muestran sus pruebas médicas. Duermen, intentan descansar, incluso hacen cambios en su alimentación… pero la energía no vuelve. Se levantan cansadas, llegan al final del día exhaustas y sienten que el cuerpo no termina de recuperarse.

Cuando los análisis son normales, el cansancio puede quedar sin explicación clara. Sin embargo, que no haya una alteración estructural no significa que el organismo esté funcionando de forma óptima. A veces el problema no está en una enfermedad visible, sino en cómo se está regulando el cuerpo.

 

Lo que suele valorar la medicina convencional

 

Desde la medicina convencional, el cansancio persistente se estudia descartando causas orgánicas: anemia, alteraciones tiroideas, déficits nutricionales, infecciones, trastornos del sueño o enfermedades inflamatorias. Este paso es fundamental y necesario.

Si las pruebas no muestran alteraciones relevantes, el cansancio suele atribuirse a estrés, sobrecarga emocional o ritmo de vida exigente. En algunos casos puede diagnosticarse síndrome de fatiga crónica cuando el agotamiento es profundo y prolongado.

El enfoque biomédico es excelente para identificar patología estructural. Sin embargo, cuando no hay lesión evidente, puede quedar pendiente una pregunta importante: ¿está el sistema regulándose correctamente?

 

Cuando el problema no es estructural, sino funcional

 

El cuerpo no funciona solo por órganos aislados, sino por sistemas que se coordinan constantemente. El sistema nervioso, el sistema circulatorio y el sistema hormonal trabajan juntos para mantener el equilibrio interno.

Si el sistema nervioso permanece activado durante demasiado tiempo —por estrés sostenido, falta de descanso real o sobreexigencia— el organismo puede entrar en un estado de alerta mantenida. Esto afecta al sueño, a la digestión, a la recuperación muscular y a la sensación general de energía.

No hay lesión visible, pero sí una desregulación funcional.

 

La visión de la Medicina Tradicional China desde una perspectiva fisiológica

 

La Medicina Tradicional China no entiende el cansancio persistente como un simple síntoma aislado, sino como el resultado de una alteración en funciones concretas del organismo. Aunque su lenguaje clásico utiliza otros términos, muchas de sus descripciones pueden interpretarse hoy desde una perspectiva fisiológica.

Uno de los ejes fundamentales es la función digestiva. En este modelo, el sistema digestivo no solo procesa alimentos, sino que es responsable de transformar los nutrientes en recursos disponibles para el cuerpo. Cuando la digestión es ineficiente —ya sea por estrés crónico, ritmo acelerado de vida, mala calidad del sueño o alimentación irregular— la producción de energía metabólica se ve comprometida. Desde un punto de vista actual, esto puede relacionarse con alteraciones en la regulación neuroendocrina y en la eficiencia metabólica.

Otro elemento clave es lo que tradicionalmente se asocia a la función renal, entendida no solo como el órgano anatómico, sino como el sistema que sostiene la capacidad de adaptación y resistencia del organismo. En términos contemporáneos, podríamos relacionarlo con la regulación hormonal del estrés y con la capacidad del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal para responder adecuadamente a las demandas del entorno. Cuando esta respuesta se mantiene activada durante demasiado tiempo, aparece agotamiento físico y mental.

Asimismo, el modelo clásico describe cómo el estrés sostenido afecta a la función hepática, entendida como la capacidad del organismo para mantener una circulación fluida y una regulación emocional estable. En términos actuales, esto puede asociarse a la influencia del sistema nervioso autónomo sobre la circulación sanguínea, el tono muscular y la respuesta inflamatoria.

Desde esta perspectiva, la fatiga persistente no se considera un fenómeno inexplicable ni puramente subjetivo, sino la consecuencia de una adaptación prolongada del organismo a situaciones de estrés y sobrecarga. Cuando los sistemas digestivo, neuroendocrino y circulatorio no coordinan adecuadamente sus funciones, la capacidad de recuperación disminuye y el cansancio se vuelve constante.

El cuerpo no está “fallando”; está sosteniendo un esfuerzo mantenido que ha alterado su equilibrio funcional. Comprender este proceso permite intervenir no solo sobre el síntoma, sino sobre los mecanismos que lo mantienen, favoreciendo una recuperación más profunda y estable.